miércoles, 28 de septiembre de 2011

Fe, la clase espera.


Hay un preciso momento luego de haber transitado por los tenebrosos caminos de una crisis de tristeza injustificada en el que llega la calma. Y es que cuando uno ha llorado por horas de horas sin ser escuchado ni compadecido por nadie más que nuestra propia lástima, llega la calma; tiene que llegar, tal vez no ese día, tal vez no por la mañana, ni en esa madrugada, cuando el cuerpo se agota y los ojos se inflaman, se cierran y el dolor del corazón latiendo rápidamente, cesa. Cuando uno se queda dormido y aunque los problemas nos sigan hasta en los sueños, llega la calma.

Luego de dormir en el suelo por casi seis horas, con lapsos de despertadoras pesadillas, o simples levantadas sin motivo aparente, ya no me siento cansada, ya no me siento triste. No deseo comer, no deseo dormir, no deseo pensar, no deseo hablar. Mi madre se acercó a mí y en su ridícula forma de pedir disculpas por no haber tenido el valor de presentarse cuando más la necesitaba, me abraza y me dice que me ama, esta vez ya no puedo creerle y sospecho que jamás lo volveré hacer, y es que este dolor que siento en el pecho, como de una horrible tos que está por empezar y me desgarra desde lo más profundo de mi ser, es desesperanzador. No me siento triste, mas una lágrima igual cae por mi rostro, ¿el sentimiento, el pensamiento, los ideales, mi futuro? Dejo el espacio en blanco. Si podría definirlo en una frase, en un sentir en una expresión que podría entender el común de los humanos… Roto. Como si del corazón se hubiera dividido en dos, atado por una especie de hilo de pescar ascendente, pasa por mi pecho y mi garganta, quiere sacármelo de un solo tirón por la boca, duele, literal.

No estoy segura de lo que es, pero siempre me sorprende el dolor físico que puede causar un quiebre emocional, y aún existe aquel que separa el espíritu del cuerpo, y aún existe aquel que no cree, y aún así existo yo. En cuerpo presente, alma ambulante, tal vez tratando de encontrarme para consolarme, tal vez huyendo de mí, harta de mí, tan harta como yo lo estoy. ¿Si soy cobarde? A veces, desearía creer que temerosa, pero al fin de cuentas eso no importa. ¿Cuántos años más podré vivir así?, ¿cuántos años más podré vivir aquí?

Fe, fe, fea fe. Fe, fe, bella fe. Eres lo único que me mantiene, lo único que me falta, lo que más me duele ¿y Decepción? Presente, por supuesto. Muy bien clase, todos están, sin embargo seguiremos esperando a Fe, pero profesora – Inquirió Lástima, - No sabemos si Fe llegará, viene sólo cuando le da la gana. Le respondí que hablaría con sus padres, no los conozco, pero si lo hiciera me encantaría decirles unas buenas verdades acerca de su preciosa Fe y de cuánto daño le hacen al malcriarla de esa manera, pero no los conozco. Dolor levantó la mano, le cedí la palabra y dijo – Miss, ¿podríamos empezar la clase sin Fe? En realidad, no tenía mucho sentido esperarla, pero para mí tenía menos sentido aún hacer la clase por ella, sin ella.

No tiembles Miedo, creo sentir que se acerca. ¿Llegarás o te perderás en el camino? Y aunque así no lo quisiéramos, siempre estaremos esperando por ti. Para que cosas lo roto de Alma y saques con el cuidado con el que solo tú has sido bendecida este hilo que ata a la pobre Corazón, sin dañarla y borrando toda cicatriz que nos recuerde el día con el cielo gris por la noche y sol con ventiscas heladas en la mañana. Siempre estaremos esperándote queridísima Fe, cuesta respirar y hace mucho frío, no tardes por favor.